“Si usted ama la vida es tan biólogo como yo”

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En Marejada amamos la vida y nadie en la región expresa tanto ese gusto que el catedrático Juan Luis Cifuentes Lemus, uno de los pioneros de la Biología y la divulgación científica en México y Latinoamérica. Con respeto reproducimos este texto del libro “Juan Luis Cifuentes Lemus. Retrato hablado de un bohemio de la biología” donde Rafael Guzmán Mejía y María del Carmen Anaya Corona recopilan pasajes de la vida del 10 veces honoris causa.

Juan Luis Cifuentes nació a las 21 horas, un 22 de diciembre de 1929, en el solsticio de invierno en Uruguay 9, en el centro del Distrito Federal, arriba del restaurante italiano Danubio, a media cuadra de la entonces avenida San Juan de Letrán, actualmente Eje Lázaro Cárdenas. Su padre, Ángel Cifuentes Aguilera, médico cirujano originario de León, Nicaragua, tenía 32 años cuando Juan Luis nació. Sus abuelos paternos fueron Milciades Cifuentes, originario de Bogotá, Colombia y Julia Aguilera. Su madre Susana Lemus Muñoz, fue hija de Marcial Lemus y de Rosario Muñoz, todos originarios de Teziutlán, Puebla. “Soy Distrito Federalense típico, no chilango, que es muy diferente”.

Su padre Ángel Cifuentes, médico pediatra, no lucró con su profesión, le pagaban las consultas con huevos y gallinas. También fue poeta y escritor de varios libros de versos y autor de un disco con sus poesías; publicó su primer trabajo en 1926, sobre nutrición. A Susana, su madre, le encantaba el baile y cuidaba su aspecto físico a tal grado que solicitó a la familia ir bien maquillada el día de su sepelio.

“Mi papá era Director de la Clínica de Salud. Su consultorio lo había instalado en la casa, la cual era grande: teníamos patio, una fuente con peces, un ahuehuete y un trueno de donde colgaba una hamaca. El traspatio tenía una caballeriza. En ese lugar cultivamos hortalizas y criamos dos borregos y aves. Nuestra cocinera yaqui, doña <<Pancha>>, anduvo en la Revolución con Francisco Villa, permaneció 37 años con nosotros. Ella hacía un rico menudo <<sonorense>> y nos enseñó a cultivar verduras y frutales. Ese fue el origen de mi gusto por la biología”

Formación privilegiada

En el año de 1943 y después de estar formado dos días y sus noches formado en la esquina de Ciprés y San Cosme, conseguí una ficha para presentar el examen admisión en la Escuela Secundaria 4, Moisés Sáenz. Por suerte aprobé el examen y entré a primero “E”.

Nuestros maestros, en su mayoría eran los autores de los libros. En ese entonces, tuve grandes maestros. En los cursos de biología y botánica a Pous Ortiz; en zoología a Maximinio Martínez, eminente biólogo mexicano, reconocido mundialmente en taxonomía de encinos y pinos; en geografía económica a José Calvo; en francés a Esperanza Calvo y a Madame Cougno; en química a Juana García Junco; en encuadernación al maestro Castillo; y en educación física a Octavio Vial, gran futbolista mexicano, Director técnico de la selección nacional y de los pumas de la UNAM.

Un gran mexicano, que fue mi maestro de literatura en tercer año de secundaria, Carlos Pellicer, el poeta de América. El primer día de clases él nos ordenó sacar un cuaderno y nos dictó 50 preguntas y las respuestas de cada una de ellas, diciendo: cuando vean entrar por esa puerta a una vieja gorda y fea, la inspectora, si algo les pregunta, aquí está lo que ella quiere escuchar. Yo tengo el interés de analizar con ustedes el Mío Cid. Y así fue. Todos los días pedía el libro, la chingamusa, y nos leía o nos recitaba pasajes que después discutíamos, analizábamos y tratábamos de llegar a conclusiones.

A propósito dejé para el final a un gran maestro mexicano, Liborio Martínez López, un segundo padre para mí, profesor de zoología y biología general en la Escuela Nacional Preparatoria y de Citología y anatomía comparativa en la Facultad de Ciencias. El dirigió mi tesis profesional. Cuando estaba en la preparatoria, él colaboraba con la gran mexicana Eulalia Guzmán. Esta maestra localizó los restos de Cuauhtémoc, encontrados en Ixcateopan, Guerrero. Sus descubrimientos fueron muy discutidos por algunos científicos malinchistas, quienes al no encontrar el tesoro, desacreditaron el descubrimiento a pesar de las pruebas anatómicas e históricas realizadas por científicos como el maestro Liborio.

Tuve la suerte de tener a mi cuidado y sacudir los restos, ya que me pagaban 50 centavos a la semana por ayudar en el gran Museo de Historia Natural del Chopo, del que el maestro Liborio era el Director. A ese museo acudían doña Eulalia Guzmán y Diego Rivera a platicar con mi maestro. A mí me permitían escuchar las conversaciones con la condición de no hablar. Este museo conservaba colecciones biológicas que se habían creado desde el siglo XVIII, pero fueron criminalmente destruidas por el bioquímico Roberto Llamas a quien posteriormente estimé mucho. Debido a que él no entendía la biología, le parecía que las colecciones no servían de nada. Esa fue la época en que se inició la pedantería en quienes estudiaban la bioquímica, biofísica y biología molecular. Hoy todavía se dice, a causa de una ignorancia de los principios elementales de la investigación científica y de la biología, que sólo hacen ciencia los que se dedican a esas disciplinas, despreciando a zoólogos y botánicos; pero, sobre todo, a los taxónomos.

Experiencias con colegas

Inicié mis estudios de postgrado y los trabajos de investigación en el laboratorio de hidrobiología del sabio español Dr. Enrique Rioja Lobianco. Así se inicia mi relación con el océano y sus recursos.

También empiezan mis cursos de buceo, actividad que había iniciado en 1940 cuando tuve la suerte de conocer y comenzar una gran amistad con el ingeniero y buzo mexicano Ramón Bravo. Ramón fue el primer académico que realizó programas de radio y TV y escribió libros para dar a conocer el mar y sus habitantes al público en general. En 1996, dos años previos a su deceso, se le otorgó un homenaje en Puerto Vallarta. Tuve la fortuna de acompañarlo en ese homenaje. Sus cenizas fueron depositadas en la mar por el Presidente de México, Dr. Ernesto Zedillo. Siguiendo el ejemplo de mi amigo Ramón Bravo, es mi última voluntad que mis cenizas también sean arrojadas al mar para que se integren al ciclo de los nutrientes.

En 1958 nos reunimos en el local de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística e invitamos a los biólogos egresados de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN. Se formó una comisión para redactar los estatutos del Colegio de Biólogos quedando por el IPN José Álvarez del Villar y Alfredo Barrera. Por la UNAM quedamos el maestro Martín del Campo y yo. Las reuniones de la comisión las hacíamos en casa de Álvarez del Villar, hombre culto,  charro, con fabulosas obras de arte, colección de espuelas y timbre de plantas y animales ordenados filogenéticamente. Nos pasamos tres años muy agradables, pero nunca rebasamos el punto del orden del día, porque mientras para unos era “era el orden”, para otros debía ser “la orden”.

En 1962 organizamos una comida en la que propuse que el 25 de enero fuera el día del biólogo, lo que se aceptó. Desde entonces se festeja en ese día a los biólogos del país. En 1965 me nombraron Presidente del Colegio durante dos períodos 65-66 y 67-68. Desde 1961 inicié una amistad con el Dr. Agustín Ayala Castañares, Con él he colaborado en varios programas nacionales e internacionales. En ese año él estaba preparando su examen general de conocimientos para ser candidato a obtener el grado de doctor. Cuando yo salía de trabajar a las 10 de la noche de la preparatoria de Mascarones, llegaba a su casa a repasar las novedades en el conocimiento de la biología.

La vida del mar

En 1963, Agustín Ayala Castañares y yo conseguimos el apoyo de nuestro amigo y maestro el Dr. Ignacio González Guzmán, entonces coordinador de Investigación Científica de la UNAM, para organizar con la Universidad de Autónoma de Guerrero el Primer Congreso Nacional de Oceanografía en Chilpancingo y Acapulco, Guerrero. Este evento fue definitivo para despertar el interés por las ciencias del mar en México, al permitir que científicos mexicanos trabajando en este tema, se conocieran y presentaran los resultados de sus investigaciones. En 1964 publiqué mi primer trabajo con el Dr. Rioja, Cnidaria de la laguna de Mandinga en Veracruz.

Para prepararme en pesca, ya que yo trabajaba en biología marina, dos campos muy diferentes, participé en la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la alimentación FAO (por sus siglas en inglés) en Roma de septiembre a diciembre de 1966. Así se inició una relación vitalicia con la FAO. El siguiente año me tocó organizar una de las reuniones más importantes más importantes que en Pesca se hayan realizado en el país, la Conferencia Científica Mundial sobre Camarones y Gambas. A la reunión asistieron 102 delegaciones, siendo el Presidente de la conferencia Sidney Holt y Vicepresidentes Fuyinaga de Japón y yo de México. Fue una semana de intenso trabajo. Aunque ya han pasado 35 años, se sigue hablando de esa conferencia y los cinco volúmenes publicados, todavía forman parte de la bibliografía básica sobre camarones en el mundo.

Lo importante para mí de esa etapa en Pesca, fue que me formé en lo que podemos llamar ciencia aplicada, ya que con los resultados de la investigación resolvíamos problemas de la industria pesquera. Puede también bajar de la “torre de marfil” y ponerme en contacto con los problemas socioeconómicos del país. Todo eso me ayudó a ver a la biología de otra forma, sin dejar de reconocer la importancia que tiene la ciencia básica.

Otra experiencia muy interesante fue que logramos convencer al Almirante Vázquez del Mercado, Secretario de Marina, que la corveta Tomás Marín, dada de baja por no cubrir las características de un buque de guerra, se transformara en barco oceanográfico. Así, el Almirante Doroteo Silva y yo, inspirándonos en un barco soviético que había venido a México, el Academik Nipovich, hicimos el diseño de los laboratorios, de la Tomás Marín. Los marinos no nos dejaron quitar el cañón de proa ni pintarlo de blanco. Ese era el único barco gris con cañón y su nombre “Virgilio Uribe”, hoy aún recordado con cariño por los oceanólogos.

En 1971 tuve un accidente de carretera al ir a una práctica de campo en Zihuatanejo, Guerrero. Nos volteamos delante de Papanoa y el alumno que manejaba perdió la vida. Quedé con dos hematomas frontales, dos pulmonares y muy afectado emocionalmente. Al salir del hospital, el médico me recomendó tres meses de reposo total. Los estudiantes conociendo mi situación económica, hicieron una colecta para pagar los gastos. Para levantarme el ánimo se repartieron un horario para ir a visitarme de 9 a 2 y de 4 a 9. No haciendo caso al médico, a la semana de encierro regresé a la facultad e inicié actividades de 8 a.m. a 10 p.m. El trabajo ha sido siempre la mejor cura de mis enfermedades.

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